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De Quimeras y Ensoñaciones

Cabeza parlante

Era un busto hermoso de piedra, de alabastro, de mármol de Carrara, que a veces parecía de color salmón, otras rosa, y otras puro blanco marmolíneo. Lo encontramos escondido en la gruta que cuelga sobre los acantilados de la playa cuando paseando, nos deslumbró los destellos de sus ojos de cristal al incidir sobre él los rayos del sol del mediodía.
Nunca fui un trepador, ni en la vida, ni en las montañas, ni en los acantilados de la playa, más aquel brillo me cautivó, me robó la razón, y me transmuté en carnero montés trepa riscos con riesgo de caídas, arañazos y otras desdichas que en el aquel instante no tomé en consideración.
De haber pensado en la considerable altura a la que se hallaba aquella gruta, ahora no la tendría en mis manos, pero fui terco y cabezota, y ahora, contemplando aquel busto de … ¿De un Cesar romano?. ¿Del gobernador de la ínsula de Barataria?. ¿De un bucanero apátrida, sanguinario e inhumano?. No sé. Era toda una obra de arte, bueno, eso era lo que me parecía a mí, ingenuo e inocente ignorante de toda clase de creación artística.
Me gustaba.
Era bonita, y cuando los rayos del sol se reflejaban en sus ojos de cristal, parecían contener todos los peces del mar, todas las estrellas del cielo, ó las lágrimas de desconsuelo ó la alegría de toda una vida.
Era curioso, debería haber fabulado con tener en mis manos un busto con ojos de topacio, de rubí, de diamantes, de gemas de inconmensurable valor, de ser rico y adinerado con aquel gran tesoro encontrado, y sin embargo, me embargaba, me embriagaba con el interior de aquellos ojos de cristal.
Me tenían atrapado, subyugado, aquellos ojos me miraban dentro, muy adentro, y yo veía en ellos nadar pececillos y cruzar estrellas fugaces a ritmo de granos de arena cayendo con el tiempo en un reloj de cristal, tic, tac, tic, tac. Si, también los relojes de arena, si te detienes a escuchar, les oirás cantar su canción, al ritmo del latido de tu corazón.
Cuando mis manos taparon sus ojos, la magia feneció al instante. Se borró mi apasionamiento por aquel pedazo de mármol, se cerraron las puertas, se borró su dominio de hipnotizador sobre mis sentidos, mis realidades y los peces volvieron al mar y desaparecieron las estrellas, quedando el azul límpido del cielo del mediodía.
Noté escalofríos.
Noté que llevaba sobre mis brazos el busto de una estatua prisionera y viva, sí, viva, viva y de vida independiente, sin dueño, libre, libre albedrío, con voluntad propia y a merced tan sólo de la erosión del tiempo.

En otro lugar, en otro rincón, en la capilla del Oidor, una copia irreal de la verdad hacía la delicia de sus visitantes, un busto parlante, representación de la escena del capítulo del engaño a Don Quijote, se representaba en un rincón, era el oráculo que respondía a las preguntas formuladas, pero esto era teatro, debajo de un atril, un proyector mandaba imágenes grabadas sobre el falso busto, que realmente, - acompañado por megafonía -, parecía que hablase, parecía cobrar vida, despertar de un letargo de piedra por arte de la bruja Morgana, parecía cabeza humana que movía y dictaba con movimientos de labios y cejas, acompasándolas, palabra a palabra, la respuesta a la pregunta dada. Muy logrado el efecto. Muy de feria. Muy de embeleso y de dejar embobado por unos minutos al visitante que se dejase llevar por la fantasía de cabezas de mármol que cobran vida, que hablan, que responden a preguntas en la penumbra de la sala de exposiciones del centenario de Cervantes.

También en la penumbra, en otro lugar distante, un original real de la verdad abría los ojos a la luz de la luna, que con un bostezo, despertaba a la noche y tapaba con un manto negro salpicado de puntitos blancos, el firmamento. Un bostezo tan grande capaz de tragarse la luna en un solo acto. Los labios del busto se desentumecieron, forzaron una sonrisa, le lanzaron un beso a la luna, soplaron pompas de jabón imaginarias y enseñaron unos dientes de mármol carnosos y desgastados. Y un guiño con un ojo, luego con el otro. Unas cejas que se alzan, unos carrillos que se insuflan de aire cual pez globo, cual niño jugando. Un busto de mármol que cobra vida.
¡ Eh¡ Es capaz de girar, de ladearse, de decir gestualmente Si y No, y … y de hablar.

- Hola.

Cuando oí su voz la primera vez, me guié por el sonido y me giré hacia el lugar de donde procedía, pero sabía que estaba solo y dejé correr un velo de niebla sobre mi alucinación, dejándola hacer, dejándola pasar, dejándola deshacerse ella sola en el tiempo.

- Te estoy hablando a ti. Hola. Buenas noches.

Mi cara, si me hubiesen pintado, era la suma expresión de un enajenado. Mis ojos abiertos al máximo, mi corazón palpitando. Mis manos sudaban. Mi boca estaba abierta. Mis orejas enhiestas. La adrenalina corriendo por mis venas desesperada en busca de sus centros de actuación diana, cual flecha disparada en busca de su lugar certero.

- No tengas miedo de mí, mi pequeño escritor, todavía no me he comido a nadie.

¡¡ Hablaba ¡¡ . Mi busto encontrado en la playa, hablaba.
No estaba loco, estaba descansado, no había tomado demasiado el sol ni tampoco alcohol, ni alucinógenos, ni nada de nada, tampoco estaba dormido, ni hipnotizado, ni sedado, ni soñando, ni tenía lesiones en el cerebro, ni me había dado un golpe, ni … Vaya, que me encontraba sano y cuerdo. Normal. Pero la estatua de mármol de ojos de cristal me hablaba.

- Me gusta la luna, me despierta, me da la vida.

Me hicieron gracia sus palabras que no comprendía.
Medité.
Era la luna.
Se infiltraba en su alma a través del bostezo y la luna se hacía estatua que reflejaba la luz de los luceros en sus ojos de cristal color esmeralda, color esperanza.
Perdí mi miedo, mi vergüenza, mi realidad, y acercándome a aquel oráculo lunático, tragaldabas de lunas, le planté un beso y le di las gracias por ser mi musa, mi musaraña, mi luna en mi alma dormida y solitaria.

En un lugar lejano de allí, en la capilla del Oidor, unos niños jugando, fugitivos de sus padres, mientras la cabeza parlante repetía sus preguntas grabadas, curiosos por el espectáculo, deseosos de la verdad, a gatas, traspasaron el cordel de seguridad, descubrieron el proyector, y al alzarse, en sus juegos inocentes, golpearon el atril, el falso busto, la teatral cabeza parlante hecha de artificios y luces y esta, resbalando, cayó sobre el suelo de madera emitiendo un grito. Un falso grito humano. Todo formaba parte del espectáculo.

Catamarán de cristal

¡ Con cuánta ilusión corría ¡
¡ Con cuánta ilusión trotaba cual potro indómito por las calles aledañas al paseo marítimo ¡
Lo hacía apretando con inusitada fuerza mi mano, convertida en diminuto puño cerrado, que guardaba mi más preciado tesoro, nada más y nada menos que dos pesetas.
¡ Dos pesetas ¡ . Mi paga. Mis rubias preferidas de antaño, de niño, de mi infancia isleña.
Corría por entre calles que por entonces me parecían amplias y de fachadas blancas, pintadas al ralentí de la mañana con cal viva de sol, por mujeres que portaban cubos con lechada blanca, rodillos de lana atados a largas, viejas y curtidas cañas, de las que crecían en el cañaveral junto al río, antes de convertirse en delta y desembocar en la mar, y pañuelos a lo pirata atados sobre sus ralos cabellos. Eran mujeres enormes. Gigantes del Quijote portando lanzas. Pintando fachadas.
Cuando más tarde me reunía con mis amigos en la ensenada les contaba que había visto mujeres piratas asaltando a cuchillo y daga la fonda y bebiendo leche con ron en la tasca mientras cantaban la canción de cien cañones por banda. Qué llevaban la cara pintada con pecas blancas y hablaban con vozarrones de hombre riendo con fuertes carcajadas.

Me vienen ahora todos estos recuerdos cuando desde la proa del Catamarán contemplo el puerto, y mi pueblo blanco, ahora tan distinto, tan urbanizado, tan cambiado, turístico, extraño, pero lo que veo desde el barco no es mi pueblo, mi pueblo está detrás, en la zona vieja, en el casco antiguo. Hoy he venido a ver la tienda. La tienda del barco de madera encerrado en la botella de cristal. La tienda de María.
Me gusta bajar a la bodega de este barco, donde no hay botellas de vino de cristal verde que oculten el color del vino tinto, sino que es de cristal, una bodega de cristal a bordo del catamarán que me conduce a mis días de infancia en la isla, y desde aquí contemplo el fondo del mar, las transparencias del cristal, parece que fuese el hijo de un Dios menor andando sobre las aguas, y pudiese meter mis manos y atrapar ese pez que nada debajo, para después multiplicarlo, multiplicar los peces y los panes para dar de comer a los hambrientos.

Corría con mis pantalones cortos, apretando fuerte en mi mano mis dos monedas, camino de la tienda de las pipas y los helados y siempre que me acercaba a la bocacalle de aquel callejón, me detenía, me juraba a mí mismo que era porque ya iba sin resuello y necesitaba descansar de mi loca galopada, sin embargo, un escalofrío recorría mi cuerpo cuando la atravesaba, miraba a todos los lados, y un aíre helado bajaba por el callejón, el callejón de los infiernos, si hubiese tenido vello me hubiese puesto los pelos de punta, y al oír el ladrido del perro, de nuevo emprendía mi trote dejando aquel callejón en el olvido. Ya veía mi tienda de pipas, mi helado deshaciéndose en mi boca, a lo lejos, cuando me llamó la atención el nuevo decorado del local de ultramarinos.
¡¡ Wow ¡¡ ¡¡ wow ¡¡ ¡¡ wow ¡¡ Era … era… era…, no sabría describirlo con palabras, era lo más hermoso que había visto en toda mi corta vida de niño. Pegué las palmas de mis manos a la luna del cristal, y mi nariz y mi frente, aquel tonto escaparate no me dejaba verlo bien. El vaho del aliento de mi boca jadeante se congelaba sobre el vidrio y crecía y decrecía a golpe de respiración, a golpe de latido de mi corazón fogoso y exacerbado. No sé cuanto tiempo pasé pegado allí, contemplado esa hermosura de barco y preguntándome cómo lo habrían podido meter dentro de aquella botella y me olvidé de las pipas y del helado y de mis dos pesetas, las cuales cayeron al suelo, al retirar las palmas de mi mano del cristal. Raudo, me agaché a recogerlas, y con ellas de nuevo entre mis manos pequeñas, traspasé el umbral, el dintel de la puerta, muy excitado, de la tienda de ultramarinos.
¡¡ Eh ¡¡ . ¿Dónde estaba Don José?. Aquella mujer no era D. José. Me puse nervioso al verla, no sé bien el motivo, no se parecía en nada a las mujeres piratas de caras blancas, era bonita, bonita de sol, tostada, vestía elegante, cabellos claros al viento sin pañuelo pirata manchado de pintas, y sonreía, se reía cariñosamente de mi aspecto infantil, jadeante y anheloso. No llevaba lanza en las manos, ni cañas con rodillos, ni olía a ron, ni a cal, sino a vainilla, olía a helado de vainilla, el sabor de mi helado de cucurucho preferido.
Me acerqué a ella y la miré a los ojos, pero sin vérselos, era tan alta que no alcanzaba ver su color. Me quedé mudo, sin habla, cosa extraña en mí a esa edad, siempre tan parlanchín y contador de historias fantásticas de piratas a mis amigos junto a la ensenada. Sólo supe mostrarle mis dos pesetas sobre mi mano grasienta y señalar la botella.
- ¿Te ha comido la lengua el gato? – Me preguntó sonriente y amistosa -
De aquel encuentro nació una bonita amistad, y eso fue más importante que la pequeña desilusión que me llevé cuando ella me dijo que aquel barco estaba muy lejos de mi exiguo e irrisorio presupuesto.

Amistad que todavía conservo en el recuerdo, y es el motivo que me trae a visitar este pueblo blanco de cal. La bodega del catamarán, de este barco que me acerca a mi isla evocativa de un pasado pleno de instantes felices, a punto de atracar en puerto, me recuerda a aquella botella por el cristal. Soñando olas, soñando marejadas, soñando las largas tardes en la tienda de María, mientras me dejaba jugar con el barco de madera encerrado en aquella botella en tanto que yo le contaba cuentos de mujeres piratas.
Ella me prometió guardarme aquel tesoro, no venderlo, y durante años estuvo en el escaparate con un letrerito que decía :
- Reservado.
Pero mis necesidades de pipas, caramelos y helados, cucuruchos de vainilla, también tenían que ser cubiertas de algún modo y mis ahorros era tan escasos que jamás pude reunir el dinero que costaba aquel tesoro antes de mi partida de la isla, y hoy, años después, tan sólo regreso a buscar mi recuerdo de cristal reservado. Sé que ella ha esperado por mí. Sé que estará tan guapa como entonces y tan joven, pero ya no será tan alta. Sé que seguirá siendo mi amiga y podré contarle cuentos de mujeres piratas. Y podré mirarle a los ojos desde cerca, y no desde la lejanía de la infancia.

María me recibió con un abrazo. Estaba aun más guapa de lo que la recordaba. Dijo que yo había cambiado mucho, que había crecido, pero que en cierto modo seguía siendo el mismo niño que venía a jugar casi todas las tardes y a contarle cuentos de mujeres piratas.
Mi barco seguía allí, con el papelito de reservado a su lado. Y yo seguiré sin saber como diablos lo han podido introducir por aquella estrecha boca y aquel estrecho cuello de la botella y es que quiero que siga siendo así, un misterio, un delicioso misterio, igual que ella, María, otro misterio aun mucho mayor.
Lo sabía- Me dijo- Sabía que algún día regresarías a buscar tu barco.
Lo rescató del escaparate con sumo cuidado y me lo dio. Era muy pequeño. Mis recuerdos me lo pintaban enorme, casi tan grande como el catamarán en el que llegué a la isla. Pero hermoso. Y tan frágil como un osito de peluche, como un Tedy de cristal.

De vuelta sobre la bodega del catamarán que me aleja de la isla, apenas puedo retener las lágrimas al reverberar sobre mi mente las palabras de María :
- El barco es tuyo, no me debes nada, ya me lo pagaste con todas tus historias de mujeres piratas, mi pequeño amigo.
Y al contemplar como mi pueblo blanco va desapareciendo en la lejanía, en el recuerdo, en la infancia, todo se hace cristal, la bodega del catamarán, la botella con su barco dentro, mis lágrimas, el mar, y hasta María, mi misteriosa tendera se transmuta en cristal sobre el que se refleja la luz de la luna y las olas del mar.

El bosque de los ausentes

Por causa de un error de aquellos, uno de aquellos errores sin más transcendencia que unas horas de retraso ó tal vez una pérdida insustancial, ó quizás un secreto desvelado, una hoja de papel doblada a la mitad, encerrada en un sobre, terminó en el cajetín equivocado de un bloque de pisos. El funcionario de correos, quien sabe el por qué, había repartido la correspondencia del día confundiendo el buzón donde introdujo la carta.

Ellos eran novios desde hacía tiempo.

Cuando alguien abrió el buzón y sacó la carta, al leer la dirección del destinatario, su primera reacción instintiva fue depositarla nuevamente en la ranura adyacente a su cajetín, pero un impulso mórbido muy fuerte detuvo el movimiento en el último segundo y la carta no cayó.

Mientras el vapor fluía sobre el sobre, la mente de aquella niña casi mujer, volaba en divagaciones superfluas sobre ética, sobre moralidad, sobre las cosas que están bien y las que están mal, sobre culpas, sobre delitos, sobre violaciones, sobre incluso también, sobre pecado.
Sobre la inviolabilidad de la correspondencia ajena y el castigo ante tamaño crimen de aviesa autoría, pero también se concedía disculpas, perdones, indultos, exculpaciones, excusas mil ante mentirijillas piadosas vehementemente inventadas, pensando en aquella otra misiva suya, de su padre, también de contenido insustancial e intranscendente y que apareció abierta no hacía mucho en su propio buzón. ¿Quién habría sido el Hijo de su Madre que se atrevió a abrirla?
Bueno, al fin y al cabo se la habían devuelto.

Más el poder del misterio, del secreto, del marujeo, del gozoso placer del conocimiento de acontecimientos ajenos, del cotilleo, se imponía por encima de cualquier razonamiento jurídicamente legalista y era más fuerte, sobre todo, estando amparado por el anonimato, por el más impune anonimato, no era mas que una falta, un desliz.
Cuando el vapor hubo hecho su efecto, el pegamento del sobre dejó de actuar y unos dedos no muy hábiles despegaron con fatal maestría los labios del sobre no sin dejar rastros inequívocos de su huella.
Estaba escrita con tinta negra, letra inclinada a la derecha y parcialmente ilegible. Su contenido era insípido, nada poético, ni morboso ni excitante, ni sensual siquiera, sólo era destacable una queja: ! Estoy pasando un verano de Mierda ! .

Los deseos de conocer se convirtieron en culpabilidad cuando no revelaron nada extraordinario, ni palabras de amor, ni palabras bonitas, ni palabras de deseo, todo era un relato de unas vacaciones feas, de picaduras de abeja y de quemaduras de sol.

! El gozo en un pozo !

Un poco de pegamento devolvió, bien que mal, el aspecto normal a la carta, que al día siguiente, con sigilo, nocturnidad y alevosía fue depositada en el buzón de su dueño.

Él gustaba de sentarse a la sombra, leyendo algún que otro libro, el periódico de los domingos ó sacando a pasear su minina felina mascota.
Y se casaron, tiempo ha, y nacieron dos niñas y un día él se fue para siempre, sin despedirse siquiera.

Fue un once de marzo de 2004 en Madrid, en un tren.
Y su alma se cobijó durante unos días en un árbol en el bosque de los ausentes, hasta que una mano también hizo desaparecer ese bosque.

La brochita

Andaba yo muy liado con el frasco del typex, porque yo no me equivoco nunca, vamos, faltaría plus, que son los demás los que siempre meten la gamba y tengo yo que andar corrigiéndoles, y como yo no me equivoco nunca, pues casi no lo uso y claro, aquello que con el uso no se usa se agarrota, se pierde la costumbre, pues el Typex es ese botecito que lleva un tapón de rosca y del tapón le cuelga un pincel, introducido en un frasco de líquido corrector, para borrar las cosas mal escritas a boli y poder escribir encima, saben ustedes, que es pequeñito y tiene un tapón a rosca y que si no le echas diluyente de vez en cuando, se te pone dura , la brochita, y el abujero del bote se estrecha, se entapona con la solidificación del liquido blanquito corrector y luego no hay quien la meta una vez que has podido sacarla, la brochita, digo, porque los pelos se te abren de piernas todo tiesos ellos, los pelos de la brochita, y tú erre que erre, a intentar meterla por todos los medios, empujando y empujando, pero como que no, que lo único que consigues es que ella se abra más de piernas, la brochita, y no consigues nada más.

Así que tienes que recurrir a tu compañera de trabajo y preguntarle si tiene diluyente y ella tan amable te dice que si y se ofrece voluntaria a ayudarte, a ver si entre los dos sois capaces de meterla, pero como yo estoy agobiado de tanto esfuerzo, ella se lo va a hacer sola, pues ha terminado su trabajo del día y le sobra tiempo, pero a ti no, que estás hasta las narices de perder el tiempo con el fluido corrector, con tanto intento de meter y sacar y que no hay manera, pero como en el mundo aún tocan mujeres buenas, que se ofrecen voluntarias a ayudar, pues mi compañera de curro me resolvió el problema, con su diluyente.
Cuando me entregó el bote del Typex..
¡Qué gusto!
!Qué gozo!
!Qué joyita de mujer que tengo por compañera!
Se le había abierto el agujero, lo tenía todo limpio, ni un solo pelo fuera de su sitio, se la metía y se la sacaba con un placer sensual, la brochita, toda limpia, aseada, el agujero todo desatrancado.
! Pero cuanto valen las mujeres !
!Qué haríamos los hombres sin ellas!
Y el liquido ya no estaba granuloso ni pegajoso, no tenía grumos, salía limpio y blanco, fluido.
Para terminar de finalizar el proceso, mi compañera lo agitaba arriba y abajo, arriba y abajo, usando a veces el dedo gordo y el índice y a veces toda la mano.
!Que bien sabía agitarlo!
Y todo lo hacía por mi, que andaba agobiado de trabajo y ella me relajaba del agobio
!Que bien sabía agitarlo!
Y todo para que yo luego pudiera meter y sacar por el agujero el líquido blanquito.
Mientras ella lo agitaba, sonó el timbre del teléfono, ella lo cogió con una mano, y con la otra el bolígrafo y papel , así pues que al no tener más manos libres, y ser una mujer tan eficiente en todo lo que hacía, me lo cogió con la boca para poder seguir agitándolo.
!Que eficiencia de mujer! .
Y el liquido blanquito salió todo él tan contento a hacer su trabajo.
Uno tiene siempre que corregir lo que no son otros capaces de hacer, ya que me pregunto yo si mi compañera de trabajo será tan eficiente con su marido cuando llega a casa.

¡Que trabajo más duro que tengo!.

Alicia pepsi en el París de las maravillas.

Un regalo de cumpleaños. Un cuento.
Es largo

Alicia pepsi descansaba sobre el tocón de un árbol, cuando vio pasar a un gato blanco con una lata de pepsi en la mano que era a la vez un reloj.

-¡Qué tarde, hoy no llegó a fichar, el jefe me va a echar los perros! - le oyó decir-

Y Ali pepsi, curiosona ella, le siguió, y le vio meterse por la boca del metro donde ella se introdujo en su persecución. Allá, un morito le ofreció el último CD de Bisbi y un conejo mecánico por dos euros, y como se entretuvo en comprarlo, perdió al gato entre la multitud de personas que pululaban por los andenes.

-¿Dónde se habrá metido? -pensó- Tengo que encontrarle, estoy segura que lo volveré a ver, ¡Es un gatito tan lindo¡, ¿como se llamará? , se ha esfumado como el humo, ya sé, le llamaré Mr. Smoke.

Y andaba Ali pepsi tan concentrada como el starlux el día de los inocentes, cuando se lo puso de aperitivo a su papaito entre los trozos de turrón y mazapanes y papi como era tan goloso picó, siempre picaba, y se comió la pastilla avecrén y tuvo después que beberse medio depósito de agua, es que Ali pepsi era mala malísima maligna, así que esta vez, la concentración en la búsqueda del gato le jugó una mala pasada, pues tropezó y cayó por el hueco de un ascensor en vías de construcción y cayó cayó cayó cayó y en la caída creyó ver a Mr. Smoke y a otros gatitos sentados en huecos en el muro tomando el sol en Italia, preciosos, lindos gatitos, pero ella caía caía caía y ...! Zas ¡, llegó al suelo, cayendo de pie y golpeándose un tobillo.

¡Que dolor!.

Había una habitación con una puerta, por donde vio pasar a Mr. Smoke e intentó seguirle, pero la puerta se cerró detrás de él. Diose la vuelta y vio una mesa, en la mesa varias botella de colores con varias inscripciones y una llave, de la puerta. Las leyó. Y bebió de la primera, pues era de fresa y empezó a crecer a crecer a crecer. Joer, olvidó coger la llave, de todas formas, era ahora tan grande que no podía caber por la puerta.
Jo, ¡Qué putada!, ¿Cómo saldría de allí ahora si no cabría por la puerta?, y se sintió tan mal que empezó a llorar, a llorar, y al ser tan grande, las lágrimas igual y la sala se empezó a inundar de lágrimas de agua, un charco inmenso, y a su lado pasaban flotando soldaditos de plomo, bailarinas, golondrinas, estatuas de oro de príncipes felices, cascanueces, latas de pepsi max, donuts de neón, toda clase de cosas, vamos. Y recordó que en su bolsillo había metido la otra botellita y se la tomó, era la competencia, una lata de coca cola y entonces empezó a menguar, a decrecer de tamaño, y se fue haciendo pequeña, pequeña, pequeña, tanto que ahora era ella la que estaba en peligro en aquel rio de lágrimas que había creado.

¡Se iba a ahogar en sus propias lágrimas! .

No, si lo que no le pase a esta niña, no le pasa a nadie. Era tan tan chiquitina que ABBA le regaló su canción.

Chiquitita dime por qué
Tu dolor hoy me encadena
En tus ojos hay
Una sombra de gran pena
No quisiera verte así
Aunque quieras disimularlo
Si es que tan triste estás
Para qué quieres callarlo
Chiquitita sabes muy bien
Que las penas vienes y van y desaparecen
Otra vez vas a bailar y serás feliz
Como flores que florecen
Chiquitita no hay que llorar
Las estrellas brillan por ti allá en lo alto
Quiero verte sonreír para compartir
Tu alegría chiquitita
Otra vez quiero compartir
Tu alegría chiquitita
Chiquitita dímelo tú
En mi hombro, aquí llorando
Cuenta conmigo ya
Para así seguir avanzando
Tan segura te conocí
Y ahora tu ala quebrada
Déjamela arreglar
Yo la quiero ver curada
Chiquitita sabes muy bien
Que las penas vienen y van y desaparecen
Otra vez vas a bailar y serás feliz
Como flores que florecen
Chiquitita no hay que llorar
Las estrellas brillan por ti allá en lo alto
Quiero verte sonreír para compartir
Tu alegría chiquitita

Y fue arrastrada hasta la puerta,y allá el río se convirtió en cascada al filtrarse por el ojo de la cerradura y Alicia pepsi allí se vio llevada, cayó por aquella infinita pendiente, más alta que el salto del Angel, que las cataratas del Niágara y ... fue a caer sobre el lomo de Mr. Smoke que volvía a pasar por allí, suavemente sobre su blandito pelo, pero don gato se sacudió el agua con un meneo que a Alicia pepsi le pareció huracán y cayó al suelo sobre su pierna lastimada, Ay, ay, se le empezó a hinchar y precisamente ahora que quería lucir sus piernas poniéndose falda, ella que siempre llevaba pantalones,

¡Qué desastre!.

Y estaba toda ella mojada, y al mirar a su lado vio al soldadito de plomo, a la bailarina, al cascanueces, a la golondrina, y a una gárgola, todos mojados discutiendo como secarse y un Dodo tuvo una idea, harían una circunferencia y correrían a su alrededor, cuando se cansaran pararían, y así lo hicieron, pero vaya espectáculo más divertido, Ali con la pierna morada y dolorida, el soldado y la bailarina con una sola pierna, la golondrina volando, en fin, aquello daba risa, ¡ pero que diablos ¡, se secaron, y el problema fue decidir el ganador así pues el premio quedó desierto.

En esto que apareció Mr. Smoke y le gritó a Alicia.

-Rápido, rápido, ve a casa y trae mis guantes y sombrero.

Pero pepsi lo que quería era un motel de cuatro o cinco habitaciones, no una casa de un gato, pero este parecía tan ansioso que decidió complacerle y allá que fue, entró en la casa de Mr. Smoke, y allá encontró unos pastelitos deliciosos, que decían cómeme, ¡ y eso que no los había hecho ella ¡ que si los hubiera hecho ya no quedaría ninguno , se metió unos cuantos en los bolsillos y comió uno, entonces ...

Creció, creció y creció y se me atascó en la casa, se atoró, peor que una sardina en una lata, ¿Como podrán meterse las sardinas así en las latas?.
Como tardaba en regresar, Mr. Smoke volvió a casa justo cuando Alicia pepsi sacaba un brazo por una ventana, el gato se dio tal susto que cayó sobre los cristales del invernadero y se arañó el rabito, ¡Pobre gatito!, ahorita estaba sabiendo lo que se siente al ser arañado, para que él no volviese a hacerlo (bueno, esto es mentira, que Mr. Smoke no araña, pero sirve para otros gatos y gatas inclusive de dos patas que si lo hacen).

Alicia pepsi, no veía nada desde dentro, sólo oyó ruidos de cristales y voces afuera que hablaban de una trama criminal para deshacerse de ella.

-No - dijo- no lo hagáis, que a pesar del stalux soy muy buena, que le preparé la cena de Navidad a un compi que tenía invitados ya que su mujer no sabía cocinar. No me hagáis daño.

Pero ni caso. Eso no debió impresionarles, ellos seguían urdiendo su descalabro. Y entonces Alicia pensó en sus galletas y se comió una, empezó a decrecer, a menguar y cuando ya podía salir por la puerta, lo hizo y se encontró a multitud de bichos que la gritaban y corrió corrió huyendo de allí. Escapó., pero ...

¡Que susto había pasado!. Su motel lo elegiría de techos altos, sin dudarlo.

Se encontró con un perro, monísimo, pero tan grande como un dinosaurio de Parque Jurásico, y allí no estaba Malcom X para salvarla, ella, que era su película favorita, que la había visto cienes de veces, ahora, wow, estaba anonadada, así que cogió un palo, lo lanzó y el perro se alejó jugando. Uf, se juró que no volvería a ver más veces Jurasic Park.

Y siguió andando y llegó a una seta en la cual había una oruga, con la que platicó un poco, no de plásticos, pues la oruga no usaba tarjeta Visa, pero si de cosas de la vida y al cabo le dijo que si mordía de un lado de la seta crecería, pero si lo hacía del otro menguaría. Ali pepsi, no estaba contenta con sus 7 cm, así que comió de un lado y pasó a 5 cm, así que comió del otro para crecer. Se despidió de la oruga y al salir del bosque vio la casa de la Duquesa tipiti tipitesa, Teresa la Marquesa, tipití tipitona, y entró dentro y la Duquesa de Alba tenía un niño en brazos al que trataba con desprecio lanzándolo al aire, para ver si de esa forma no salía tan feo como la madre y un gato que sonreía, el gato de Cheshire, horrorizada por el maltrato infantil, cogió al niño y escapó con él, pero ... , sorpresa, sorpresa, ¡Sorpresa te da la vida, la vida te da sorpresas! , se convirtió en cerdito, que salió huyendo entre lo intrincado del bosque y allí, el gato de Cheshire, desde un árbol le sonreía.

(Lo que sigue es transcripción literal del cuento pues la conversación con el gatito no tiene desperdicio ninguno.

Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

--Esto depende del sitio al que quieras llegar --dijo el Gato.

--No me importa mucho el sitio... --dijo Alicia.
--Entonces tampoco importa el camino que tomes --dijo el Gato.
--... siempre que llegue a alguna parte --añadió Alicia como explicación.
--¡Oh, siempre llegarás a alguna parte --aseguró el Gato--, si caminas lo suficiente!

A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra pregunta:
¿Qué clase de gente vive por aquí?
--En esta dirección --dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha-- vive un Sombrerero. Y en esta dirección --e hizo un gesto con la otra pata-- vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.
--Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca --protestó Alicia.
--Oh, eso no lo puedes evitar --repuso el Gato--. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
--¿Cómo sabes que yo estoy loca? --preguntó Alicia.
--Tienes que estarlo afirmó el Gato--, o no habrías venido aquí.
Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus preguntas:
--¿Y cómo sabes que tú estás loco?
--Para empezar -repuso el Gato--, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
--Supongo que sí --concedió Alicia.
--Muy bien. Pues en tal caso --siguió su razonamiento el Gato--, ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
--A eso yo le llamo ronronear, no gruñir --dijo Alicia.
--Llámalo como quieras --dijo el Gato--. ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina?
--Me gustaría mucho --dijo Alicia--, pero por ahora no me han invitado.
--Allí nos volveremos a ver --aseguró el Gato, y se desvaneció.
A Alicia esto no la sorprendió demasiado, tan acostumbrada estaba ya a que sucedieran cosas raras. Estaba todavía mirando hacia el lugar donde el Gato había estado, cuando éste reapareció de golpe.
--A propósito, ¿qué ha pasado con el bebé? --preguntó--. Me olvidaba de preguntarlo.
--Se convirtió en un cerdito --contestó Alicia sin inmutarse, como si el Gato hubiera vuelto de la forma más natural del mundo.
--Ya sabía que acabaría así --dijo el Gato, y desapareció de nuevo.
Alicia esperó un ratito, con la idea de que quizás aparecería una vez más, pero no fue así, y, pasados uno o dos minutos, la niña se puso en marcha hacia la dirección en que le había dicho que vivía la Liebre de Marzo.
miró hacia arriba, y allí estaba el Gato una vez más, sentado en la rama de un árbol.
--¿Dijiste cerdito o cardito? --preguntó el Gato.
--Dije cerdito --contestó Alicia--. ¡Y a ver si dejas de andar apareciendo y desapareciendo tan de golpe! ¡Me da mareo!
--De acuerdo --dijo el Gato.

Y esta vez desapareció despacito, con mucha suavidad, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato allí, cuando el resto del Gato ya había desaparecido.
--¡Vaya! --se dijo Alicia--. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!
No tardó mucho en llegar a la casa de la Liebre de Marzo.

Allá estaban sentados alrededor de una mesa el sombrerero loco, la Liebre de Marzo y se apoyaban sobre un Lirón que parecía dormitar. Tomaban té. Alicia pepsi les acompañó a la mesa.
-No hay sitio- dijeron.
-Pero si hay un montón, la mesa es muy grande -protestó Ali pepsi-
-Toma un poco de pepsicola regado con vino- le invitaron-
- Pero si no hay rastro de pepsi, bueno, si, yo estoy aquí, pero tampoco veo vino, es una descortesía ofrecer algo que no se tiene.
-También es descortesía sentarse sin haber sido invitada.
-No sabía que la mesa era suya --dijo Alicia--. Está puesta para muchas más de tres personas.
-¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? -preguntó el Sombrerero
- Ey, me gustan las adivinanzas.
-Entonces debes decir lo que piensas --siguió la Liebre de Marzo.
-Ya lo hago --se apresuró a replicar Alicia-. O al menos... al menos pienso lo que digo... Viene a ser lo mismo, ¿no?
-¿Lo mismo? ¡De ninguna manera! --dijo el Sombrerero-. ¡En tal caso, sería lo mismo decir «veo lo que como» que «como lo que veo»!

-¡Y sería lo mismo decir --añadió la Liebre de Marzo- «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta»!
-¿Has encontrado la solución a la adivinanza? --preguntó el Sombrerero, dirigiéndose de nuevo a Alicia.
-No. Me doy por vencida. ¿Cuál es la solución?
-No tengo la menor idea -dijeron los dos
Alicia suspiró fastidiada.
-Creo que ustedes podrían encontrar mejor manera de matar el tiempo --dijo-- que ir proponiendo adivinanzas sin solución.
-Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo --dijo el Sombrerero--, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje!
-No sé de que diantres habla.
--¡Claro que no lo sabes! ¡Estoy seguro de que ni siquiera has hablado nunca con el Tiempo!
--Creo que no --respondió Alicia con cautela--. Pero en la clase de música tengo que marcar el tiempo con palmadas.
--¡Ah, eso lo explica todo! --dijo el Sombrerero--. El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media! ¡Hora de comer!
--Sería estupendo, desde luego --admitió Alicia, pensativa--. Pero entonces todavía no tendría hambre, ¿no le parece?
--Quizá no tuvieras hambre al principio --dijo el Sombrerero--. Pero es que podrías hacer que siguiera siendo la una y media todo el rato que tú quisieras.
--¿Es esto lo que ustedes hacen con el Tiempo? --preguntó Alicia.
El Sombrerero movió la cabeza con pesar.
--¡Yo no! --contestó--. Nos peleamos el pasado marzo.
--¿Ah, si?-- preguntó Alicia interesada.
--Si. Sucedió durante el gran concierto que ofreció la Reina de Corazones, y en el que me tocó cantar a mí.
--¿Y que cantaste?-- preguntó Alicia.
--Bueno --siguió contando su historia el Sombrerero--. Lo cierto es que apenas había terminado yo la primera estrofa, cuando la Reina se puso a gritar:
«¡Vaya forma estúpida de matar el tiempo! ¡Que le corten la cabeza!»
--¡Qué barbaridad! ¡Vaya fiera! --exclamó Alicia.
--Y desde entonces --añadió el Sombrerero con una voz tristísima--, el Tiempo cree que quise matarlo y no quiere hacer nada por mí. Ahora son siempre las seis de la tarde.
Alicia comprendió de repente todo lo que allí ocurría.
--¿Es ésta la razón de que haya tantos servicios de té encima de la mesa? --preguntó.
--Sí, ésta es la razón --dijo el Sombrerero con un suspiro--. Siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar la vajilla entre té y té.
--¿Y lo que hacen es ir dando la vuelta? a la mesa, verdad? --preguntó Alicia.
-Pues si, ha de ser eso.
Y propusieron contar un cuento, le tocó al Lirón el hacerlo ...
--Había una vez tres hermanitas que vivían en el fondo de un pozo y se alimentaban de melaza...
--No pueden haberse alimentado de melaza, sabe --observó Alicia con amabilidad--. Se habrían puesto enfermísimas.
--Y así fue --dijo el Lirón--. Se pusieron de lo más enfermísimas.
--Toma un poco más de té --ofreció solícita la Liebre de Marzo.
--Hasta ahora no he tomado nada --protestó Alicia en tono ofendido--, de modo que no puedo tomar más.
--Quieres decir que no puedes tomar menos --puntualizó el Sombrerero--. Es mucho más fácil tomar más que nada.
--Nadie le pedía su opinión --dijo Alicia.
--¿Quién está haciendo ahora observaciones personales? --preguntó el Sombrerero en tono triunfal.
Alicia no supo qué contestar a esto. Así pues, optó por servirse un poco de té y pan con mantequilla. Y después, se volvió hacia el Lirón y le repitió la misma pregunta: --¿Por qué vivían en el fondo de un pozo?
--Era un pozo de melaza.
--¡No existe tal cosa!
--¡Claro que existe uno! -exclamó el Lirón indignado.
--Quiero una taza limpia --les interrumpió el Sombrerero--. Corrámonos todos un sitio.
Se cambió de silla mientras hablaba, y el Lirón le siguió: la Liebre de Marzo pasó a ocupar el sitio del Lirón, y Alicia ocupó a regañadientes el asiento de la Liebre de Marzo. El Sombrerero era el único que salía ganando con el cambio, y Alicia estaba bastante peor que antes, porque la Liebre de Marzo acababa de derramar la leche dentro de su plato.
--Uno puede sacar agua de un pozo de agua --dijo el Sombrerero--, ¿por qué no va a poder sacar melaza de un pozo de melaza? ¡No seas estúpida!

Esta última grosería era más de lo que Alicia podía soportar: se levantó muy disgustada y se alejó de allí. El Lirón cayó dormido en el acto, y ninguno de los otros dio la menor muestra de haber advertido su marcha, aunque Alicia miró una o dos veces hacia atrás, casi esperando que la llamaran. La última vez que los vio estaban intentando meter al Lirón dentro de la tetera.
--¡Por nada del mundo volveré a poner los pies en ese lugar! --se dijo Alicia, mientras se adentraba en el bosque--. ¡Es la merienda más estúpida a la que he asistido en toda mi vida!
Descubrió que uno de los árboles tenía una puerta en el tronco y entró dentro.
Entonces se puso a mordisquear cuidadosamente la seta (se había guardado un pedazo en el bolsillo), hasta que midió poco más de un palmo Y entonces... entonces estuvo por fin en el maravilloso jardín, entre las flores multicolores y las frescas fuentes.
Hasta acá es literal, pero resumido. Sigamos contando.
Ali pepsi se topó con dos jardineros carta pintando unas rosas -que no eran de color rosa, sino blancas, -de color rojo, ¡Que cosa tan extraña¡, ¿quien querría pintar una flor?. Y en esto que apareció una comitiva de cartas de baraja, aplanadas, de las que sobresalían los brazos y las piernas y los jardineros se tumbaron de bruces contra el suelo.
-La Reina-dijeron- todo el mundo al suelo. Aquí Tejero, piun, piun, piun, y varios disparos sonaron sobre el Congreso, ahora me voy a intentar echar la zancadilla a ese de la primera fila, joer con el tio, está fuerte, ni agarrándole del cuello le tiro al suelo, bueno, venga, va, Alicia pepsi pensó que ella no tenía que obedecer, el suelo estaba sucio, y se mancharía su preciosa falda, ¡Qué le importaba ya a ella su pierna moratada si eran carta y no Bon Jovi¡, y de que servía un desfile si nadie lo veía y se extasiaba de admiración y aplausos a su paso, así pues la comitiva se acercó, cartas de oros, de copas, de bastos, uy, no, que eran inglesas, de tréboles, picas, rombos y corazones, desfilando y al fondo la Reina y el Rey y los invitados, sobre carrozas, wow, la Reina sobre un cojín de terciopelo carmesí, y vió a la niña pepsi y preguntó a su Valet (que era digamos el jefe del protocolo, porque de valet no tenía ni la menor idea, jo, sería diver verle bailar valet, una carta)
-¿Quién es está?
Y el Valet inclinó la cabeza sumiso
- Imbécil.
-¿Quien eres tú y quien son esos que están tumbados? y ... ¡Coño¡, esa rosa es medio blanca y medio roja, ¡Sacrilegio¡, ¡Que le corten la cabeza¡ ¡Que le corten la cabeza! .
Y varios soldados carta se dirigieron a los jardineros, pero la buena de Alicia pepsi los escondió en una maceta y no los encontraron, y ... ey, Mr. Smoke estaba allí, con la comitiva, pepsi se puso de contenta, le cogió en brazos, le acarició, le besó el hocico, ¡Cuanto había echado de menos a su gato lindo¡. Y caminaron juntos hasta llegar al campo de criket donde la Reina había organizado un partido. Los mazos eran cigüeñas, las bolas eran erizos y los arcos eran soldados cartas que se doblaban, jo, era la repera el juego, todos vivos, como un belén viviente. A Alicia pepsi le costó un porrón manejar su cigüeña, pues continuamente le decía que tenía que ir a parís a buscar un niño para entregarlo a una embarazada, así que le ató el pico con una cuerda, más que para que no hablara tanto, ¡Es que rajaba aquella cigüeña más que una verdulera¡, con tanto niño, y los erizos se movían y los arcos igual y los jugadores discutían, de locos de atar, amos, que ni Jugador_S se hubiese atrevido a participar en el juego, con lo estrambótico que era, solo la Reina, al grito de ¡Que le corten la cabeza¡ ¡Qué le corten la cabeza!, era la única para la que todos toditos todos se estaban quietos, ¡Trampa¡ ¡Trampa¡ ¡Tahura de carta¡ ¡Siempre ganaba¡. La cigüeña, cuando Ali pepsi iba a golpear, levantaba la cabeza doblando el cuello y la miraba y veía en sus ojos la Torre Infiel de París y pepsi se echaba a reir, y cuando conseguía tenerla tiesa (eh, que es cigüeña, no cigueño, si hubiese sido cigueño podíais haber pensado en guarradas, só mal pensados, pero era cigüeña, y lo que tenía que tener tiesa era el largo cuello, no lo otro, pues no tenía al ser hembra) el erizo se había desenrollado y habíase largado con viento fresco a otro lado.
Alicia pepsi vio entonces la sonrisa del gato de Cheshire.
-Eh, que alegrón, gatito, me encanta verte, ¡ay¡, te quiero tanto como a Mr.Smoke, bueno, un poquitito menos, pero muy poco, ¿como estás? - pero Ali pepsi pensó que sin orejas, sólo con su sonrisa sería incapaz de oírla, hasta que no aparecieran sus orejas y esperó a que toda la cabeza se dibujase en el aire- sabes, este juego es ridículo, no es justo, los aros se mueven, no hay reglas, los erizos se van, mi cigüeña quiere niños y me ha hecho chantaje, obligándome a traerle una sabana y pañales para el transporte de los bebes desde parís, o sino me dobla el cuello y me hace reír. No puedes imaginar que lío que las cosas estén vivas. Y hacen trampa, siempre apuestan por la Reina y no me gusta nada, es tan exagerada ...
En esto que se acerca la Reina y pepsi la ve con el rabillo del ojo (que pepsi no tiene rabillo, eh, que le pasa como a la cigüeña, ni rabo, ni cola, ni rabillo, ni colita, pero si tiene ojo y dos) y cambia lo que estaba diciendo por ... es tan exageradamente dada a ganar, que todo lo hace tan bien, tan bien, que es la mejor . ¡Que pelota esta pepsi¡ , no, mejor es decir ¡Que erizo esta pepsi!, y total, porque no le fuesen a cortar la cabeza. ¡Cobardica¡.
-¿Con quien hablas? -Preguntó el Rey acercándose a ella-
-Es con un amigo mío, un gatito lindo.
- Pues bésame la mano, gato pato rato rata pata saca saco paca, y no me gusta como me miras.
-Pues va a ser que no.
-Reina, reina, cariño, el gato pato bobo tonto no me ajunta, no me da besitos, es un mal bicho, ¿Qué le hacemos?
-¡Que se la corten¡ ¡Qué se la corten¡ ¡Que este si es gato y por tanto macho, que no es cigüeña ni es hembra cual Alicia pepsi¡, asin que si tiene, que si, ¡Que se la corten¡ ¡Qué primero le capen y luego que se la corten¡ ¡Que le corten la cabeza¡
-Vale pessiosa reina mía, voy por el del hacha, ahorita vuelvo.-
Y Alicia pepsi siguió su juego, su cigüeña estaba intentando emprender el vuelo rumbo a parís, la agarró y quiso seguir jugando, pero los aros carta soldados se habían ido al otro lado del campo y su erizo esta peleando con otro, así que lo dejó por imposible y volvió a hablar con el gato de Cheshiere, pero allá estaban la Reina y el Rey discutiendo como podían cortar la cabeza a alguien que solo era cabeza, y decidieron ir a hablar con su dueña, la Duquesa que tenía el hijito que se convirtió en cerdito, que estaba en la cárcel por haberle dado un sopapo a la Reina, un sopapo no era una sopa de pato. Y así, mientras fueron a buscar a la Duquesa, la sonrisa del gato de Cheshire se fue borrando y desapareció por completo.
-Que contenta estoy de verte- dijo la Duquesa al ver a pepsi, a pesar de que esta hubiera huido de su casa con su hijo-cerdo, ahora estaba muy simpática y pensó que debió ser por la pimienta que había en la cocina de la casa de la Duquesa, la que hizo que esta estuviese por aquel entonces de muy mal humor, incluso gritando al gato, y zape, ale, se lo inventó, Ali pepsi se dijo a si misma, como buena cocina que era:
-el vinagre, como es vino agriado, las hace agrias.
-la manzanilla amarga las hace amargas
-El regaliz y las golosinas las hace ser dulces. Y la tarta de chocolate, hummmmm. -la --pimienta pone a la gente de mal humor.
-la mostaza pica y la cigüeña que tienes de palo de cricket – interrumpió la Duquesa- pican, moraleja, Pájaros de igual plumaje hacen buen maridaje. Sé lo que quieres parecer» o, si quieres que lo diga de un modo más simple: «Nunca imagines ser diferente de lo que a los demás pudiera parecer o hubieses parecido ser si les hubiera parecido que no fueses lo que eres».
Y entonces la Duquesa que andaba contando el cuento de Alicia pepsi en el parís de las maravillas se le ocurrió decir :
- Te regalo con gusto todas las cosas que he escrito hasta este momento.
«¡Vaya regalito!», pensó Alicia. «¡Menos mal que no existen regalos de cumpleaños de este tipo!» Pero no se atrevió a escribirlo muy resaltado.
En esto que llegó la Reina de corazones y la duquesa se quedó muda y fue haciendo mutis por el foro, escaqueandose como bien pudo, la Reina venía a buscar a pepsi para continuar el juego de criket, y así fue, pero la reina, al grito de ¡Que le corten la cabeza! Había dejado a sus invitados arrestados y al cuidado de los soldados que hacían de aros y como ya no quedaba ninguno para hacer de aro, el juego acabó y la corazones corta cabezas le propuso a Alicia si le gustaría conocer entonces a la falsa tortuga, a la cual llegaría a través de un Grifo. ¡Vale¡ ¡Si¡ y se despidió de su cigüeña y al encontrar al Grifo, este le dijo.
-Uf, la Reina, ella no le corta la cabeza a nadie, sólo son fantasías suyas. Nunca se ejecuta a nadie, es un juego, vamos, te presentaré a una tortu que se contará su cuento.
Y así llegaron hasta una vieja tortuga, triste, que sollozaba y se dignó a contar su historia:
Y antes no era una Falsa Tortuga, sino verdadera, con un maestro de escuela, el galápago, pues hacía gala de enseñar en una escuela de pago, gala-pago y teníamos de asignaturas el mate mate, que era tomar infusiones, las natus arales, en las cuales formábamos con arados surcos en la tierra, el patín y el esmero, lenguas muertas, la suciología, que consistía en ensuciarnos con barro, la psicocacafonía, acá nos ensuciábamos de , ejem, ejem, la histérica, y bueno, lo mejor eran los bailes de las langostas, eran una sílfides de veleidad tan hermosa, que yo repetía y repetía baile, ay, me agarraba a sus cinturas, las atraía hacia mi, me arrimaba to juntito, y ay, que gustito, en el mar infinito, ¡Mis langostas¡ .
Jo, dijo Ali, me aburre tanta clase, vámonos a ver el juicio del Valet. Y así fue, el Vale fue acusado de robar las tartas de la Reina, que en realidad, las hacía Alicia pepsi, en su horno, y salieron de testigos, el sombrerero, que seguía tomando te, pues el tiempo eran las seis, y la cocinera de la duquesa, que apenas aportaron nada, y el último testigo era, Pepsi, si, si, si, que a propósito, estaba creciendo, creciendo y al levantarse arrastró con el vuelo de su falda el estrado donde estaba el jurado, Mr. Smoke, maulló asustado, pero la buena de pepsi, ayudó a poner a los componentes del jurado de nuevo en su sitio, y la Reina dijo, ¡ Que le corten la cabeza! , según el articulo primero de nuestra constitución las personas que midan más de un kilómetro no pueden ser testigos de un juicio, ¡Que le corten la cabeza¡, y entonces, una carta soldado salió volando hacia ella y luego otra y otra más y empezaron a revolotear en torno suyo y fue entonces cuando Alicia pepsi despertó al sentir las hojas del árbol debajo del cual se había quedado dormida, acariciándole la cara. Vaya sueño más extraño.
Y en aquel mismo instante, vio a Mr. Smoke, maullando, haciéndose el interesante y ronroneando entre sus piernas, que lucían muy bonitas.
Y sé muy feliz hasta el próximo 2006.

Barras de Dios

Y oí una fuerte voz que desde el Santuario decía a los siete Ángeles: "Id y derramad sobre la Tierra las siete copas del furor de Dios." (Apocalipsis 16.1)

El secretario del Estado Mayor de la Defensa, el General H. Solo, no sabía como combatir los atroces dolores estomacales que le causaban las últimas malas nuevas que llegaban, su úlcera estaba fuera control, como su anticuado y en teoría fuera de servicio, microsatélite XSS-11. ¿Qué diablos hacía activo y operativo?. Se suponía que era chatarra interestelar. Descatalogado hacía casi un siglo, aquel chisme capaz de atacar e inutilizar satélites de comunicaciones militares enemigos ahora era un serio quebradero de cabeza para el Estado Mayor.
Desde tierra, se dio la orden a varias aeronaves X-41A, del programa CAV (Common Aereo Vehicle), pequeños aviones hipersónicos capaces de salir fuera de la atmósfera y atacar con bombas inteligentes cualquier punto del planeta, para que destruyeran aquella molesta mosca cojonera, cuya trayectoria, objetivo y programa-memoria, los técnicos Centro de Control Aeroespacial, se afanaban en descubrir.
No era fácil, era un microsatélite antediluviano, del cual apenas quedaban piezas en el museo de la ciencia, pero la base de datos del CPD tenía registro de los más triviales hechos.

El XSS-11 se dirigía hacia uno de los espejos reflectores, uno de los águilas, el EAGLE 45 (Evolotionary Air and Space Global Laser Engagement) y esos eran también, 45, los minutos que la primera X-41A tardaría en llegar y destruir al satélite esquirol. Demasiado tiempo.
Aquella andrajosa basura estelar, parecía dotada de vida propia, capaz de gobernarse a si misma, y lo que nadie intuía desde Tierra, es que aquella bola de fuego de intensa luminosidad que había atravesado el cielo, una semana atrás, llevaba en su seno las semillas del mal, la vaina de un Lucifer inteligente, manipulador y desafiante a las leyes de Dios , que ahora controlaba aquel insignificante montón de chatarra.

Ahora, el XSS-11, programado como un virus para invadir otros sistemas mecánicos estelares, controlaba al EAGLE 45, un sistema basado en espejos vinculados a satélites que son capaces de desviar hacia la tierra disparos laser disparados desde cual lugar, y los X-41A iban a convertirse en juguetes, unirse al enemigo, de ser armas de destrucción, pasarían a ser aliados, gobernados por aquella semilla del mal.

El general H. Solo había dado carpetazo a las insistentes peticiones de la molesta ONU, cuando sus representantes se presentaron ante el congreso, invocando un inédito “Derecho del espacio” aprobado hacía más de cuatro siglos, en un lejano 1967, que aseguraba el principio de no apropiación del espacio y la no utilización del mismo con fines bélicos.
El 1º de noviembre de 1999, en el marco de ese concepto de bien común de la humanidad, una resolución de la ONU, titulada "Prevención de la carrera armamentística en el espacio exterior", que hacía un llamamiento a usar el espacio únicamente con fines pacíficos, fue aprobada por 138 votos a favor y ninguno en contra. Sólo hubo dos abstenciones: los Estados Unidos y el Estado de Israel.
Aquellos molestos y pusilánimes representantes de una obsoleta ONU, también le leyeron las antiquísimas palabras pronunciadas por un político que gobernaba por aquellas fechas, Kog Quai, Ministro Chino de exteriores, y que venían a decir :
“El espacio exterior es la fortuna conjunta de la humanidad”

Todo eso son papeles viejos. Y con otros papeles viejos, el general les contestó :
“De la misma manera que no podemos esperar luchar con éxito la próxima guerra con el equipo que se utilizó en la última guerra, de hecho tampoco podemos ver una victoria en la siguiente guerra, utilizando las mismas políticas de la guerra anterior. Para poder prepararnos mejor para el futuro, también tenemos que activar nuestro pensamiento. Necesitamos el debate nacional sobre las políticas existentes y suscitar preguntas que tengan que ver con las capacidades y posibilidades militares en el espacio”
Con estas palabras, rescatadas del discurso de otro general, cuatro siglos atrás, H. Solo dio por zanjado la controversia y mandó a casa, con un amargo sabor de boca, a todos los dirigentes de aquella poco efectiva y no vinculante Organización de Naciones Unidas.

Desde su puesto de mando, en su bunker, el general H. Sólo dio la orden de armar los X-41A y disparar contra el satélite descarriado. Jamás llegó a suponer que el EAGLE 45 , bajo el control del satélite, rechazó aquel ataque, sus espejos hicieron de Eco, hicieron rebote y todos los X-41A quedaron desintegrados en la atmósfera exterior.

El general cayó sobre su silla, impotente, mesándose los cabellos.
- Usen los EAGLE 44 y 46 – Gritó H. Solo – Destruyan esa maldita cosa, y destruyan al EAGLE 45. ¿Cómo hemos podido perder su control?.

Como afanadas abejas obreras, los acólitos del general, ejecutaban sus órdenes milimétricamente, pero eran órdenes que llegaban tarde, 44 y 46 estaban bajo control del enemigo exterior, y no respondían a sus mandatos.

- Activen el estado de emergencia. Quiero todos los sistemas activos y bajo control. Todos.
¿Qué está ocurriendo?. ¿Alguien puede decirme que está pasando ahí afuera?.

- Señor, el XSS-11 ha variado su rumbo … Señor, se dirige hacia la plataforma de control de las Barras de Dios.

Las Barras de Dios arrojan sobre el objetivo cilindros metálicos que no explotan, pero que causan el mismo efecto que una pequeña bomba nuclear, por la velocidad y la altura, las barras pueden ser de titanio, uranio o tungsteno, con peso de 100 kg. Y alcanzar velocidades de 11.000 km/h.

El séptimo (ángel) derramó su copa sobre el aire; entonces salió del Santuario una fuerte voz que decía: "Hecho está".
Se produjeron relámpagos, fragor, truenos y un violento terremoto, como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra, un terremoto tan violento.
Y un gran pedrisco, con piedras de casi un talento de peso, cayó del cielo sobre los hombres. No obstante, los hombres blasfemaron de Dios por la plaga del pedrisco; porque fue ciertamente una plaga muy grande. (Apocalipsis, 16.17, 16.18, 16.20)

Los pocos supervivientes del holocausto, fueron convocados en un lugar llamado en hebreo
Harmaguedón, entre ellos, H. Solo, que llegaba como ladrón, como falso profeta, por cuya boca salían espíritus inmundos que alzaban sus preces hacía el espacio exterior, intuyendo la llegada de …

El ególatra

Hoy es domingo y Dios no trabaja los domingos.
Ha amanecido un nuevo día y ya son las once, la calle parece vacía. Un coche de muertos ha pasado vacío y silencioso por la carretera recién arreglada del hospital o de la residencia de ancianos.
¿Qué ocurre hoy?. Es extraño. Nada pasa.
No hace frío, pero no hace calor, no se siente nada y el cielo está nublado, de colores blancos, grises y azules. Hoy Dios se ha dormido.
Nada se mueve en el mundo. Todo está quieto. Ni siquiera sopla el viento.
Los edificios no quieren andar, las hierbas secas no se bambolean, sólo pasan tres coches cada cinco minutos.
Un solitario está sentado en un banco solitario. No se mueve, sólo tose. Parece que el mundo haya muerto. Todo está silencioso y quieto. Cien hombres y cien mujeres andan como si estuvieran quietos. No hablan. ¿Se habrá vuelto mudo el mundo?. Nadie grita ni dice nada. El silencio lo envuelve todo.
En medio del campo se mueven buscando, mirando hacia el suelo, cada uno está en un rincón, en un trozo y se mueven sin hablar, como hombres y mujeres artificiales, inventados.
El fuego arde en la inmensidad, pero no hay nadie. ¿Quién lo encendió?¿Has pensado alguna vez que todo sea mentira?
Imagínate que todo sea fantasía. Tú estás solo en el mundo. Todos los demás son entes imaginados. Tu familia, tus amigos, los que pasan a tu lado son entes de papel.
Dios está experimentando. Dios quiere un buen mundo y ha hecho un modelo donde sólo uno es real. Dios quiere ver lo que sucede, quiere ver lo que harían muchas realidades.
Hoy es domingo y hoy a descansado, por eso los hombres no hablan y por eso ha puesto una tapa en el cielo.
Esta noche, cuando Dios crea que duermo, miraré por la ventana y no habrá nada.
Él hizo que durmiera y así también Dios descansaba.

Algo sobre escribir

Antonio Gala, en su Soledad Sonora, escribió sobre los escritores que él llamaba aficionados y era un artículo que quizá haya hecho pensar a alguien que ya no debía escribir, y él había recibido muchas cartas, pidiéndole un consejo sobre si debían , ó podían ser escritores, sobre si valían para escribir, y decía en su artículo que las cartas eran todas, su contenido,iguales.
Yo no creo en eso, creo que cada carta que recibió tiene un contenido especial, muy propio, muy suyo, único, como cada persona que no es en sí una isla, sino un mundo. Y dijo que el que escribe, no lo hace para tenerlo encerrado en un cajón, ni tan siquiera un diario se escribe para una sola persona; si, es cierto, pero también, al escribir se pueden poner unos sentimientos en esa escritura, unas ideas, un pasado único e irrepetible, como cualquier pasado y entonces ¿que ocurre cuando otra persona coge esos apuntes y los lee? ¿No está acaso robando el pasado, las ideas, el sentimiento, de otra persona? ¿No puede uno al escribir, dejar que el pasado no se olvide, aunque sea escribiendo?
Quien escribe, lo hace para sí, a veces, otras no, pero quien escribe para sí, lo hace en su clave, una clave que otra persona no entenderá, porque unos versos, unas palabras pueden traer a su autor un algo que nadie más que él sabe lo que es.
Y el que escribe también denuncia lo que ve, y el escritor tal vez sea alguien que no puede hacer lo que escribe y por eso lo escribe, para ver si alguien puede hacerlo.
No quiero seguir escribiendo, pero creo que TU si sabes escribir aunque no sé si siempre me gusta, a veces es complicado leerte y no hay nada más hermoso que lo sencillo, que aquello que todos entiendan, como una flor, el amor, un pájaro ó la soledad.